Después de un par de horas, regreséa a la orilla y me senté junto a mis cosas, comenzando a contemplar el horizonte, me sentía relajado y por supuesto, muy agusto de disfrutar la playa tranquilamente. Me recosté sobre la arena y cerré los ojos, claro, sin bajar la guardia, aunque no percibía el olor de algún otro licántropo o algún vampiro. Y ya faltaba poco para montar guardia en los alrededores.